El año pasado allá por julio/agosto apareció otra sensación. El entrenamiento en casa había cumplido un ciclo. Lo sentía en el cuerpo y en la cabeza.
Me pregunte¿Y ahora qué?
La respuesta interna fue: El gimnasio.
Ayyyyyy, el gimnasio.
Siempre me dio cringe.
Nunca me vi ahí. Que la gente, que el lugar, que me gusta que me dejen tranquila
que me da vergüenza. En fin,
Sabía que lo necesitaba, pero no me podía anotar. no podía cruzar ese umbral.
Que bronca que me daba jaja
¿Te pasó alguna vez sentir que necesitás algo pero no podés activar?
Así estuve todo el último semestre de 2025. Con el freno de mano puesto.
No sé bien qué pasó después. Si ese tiempo fue necesario para hacer el trabajo interno, acomodar la cabeza y animarme O si la necesidad corporal terminó siendo más fuerte que todas las resistencias juntas. (Probablemente hayan sido las dos)
Cuestión que este lunes 5 pasé por la puerta del gimnasio por el que paso todos los días.
Pero no entré. Me dio miedo y di la vuelta. Nadie se dio cuenta. Yo sí.
El martes 6 crucé la puerta. Hablé dos segundos y Pato (el que organiza las rutinas) me dijo:
—¿Te da para ir a tu casa, ponerte las calzas y volver?
No contesté. (Era demasiado para mi cabeza) Pero le dije: mañana vengo.
y el miércoles 7 arranqué.
Hace muy poco, sí. Pero arranqué. Y algo se soltó. Te juro que se soltó, fue casi como algo liberador.
Voy con zapatillas viejas. Calzas que me quedan chicas de cuando hacía yoga hace siete años. (me compré nuevas pero bueno tardan en llegar) y remeras gigantes de Dami.
así y todo pero voy.
Y se siente bien.
Espectacularmente bien
No sé todavía qué significa todo esto. Solo sé que, otra vez, el cuerpo avisó antes que la cabeza. Y esta vez le hice caso.