Hace 12 años y después de uno de esos duelos demasiado jóvenes, inesperados y devastadores, empecé a cambiar toda mi vida. Me mudé, renuncié, me sinceré, dejé de dar vueltas, crucé dos océanos para ir a buscar a Dami. Me permití hacer cosas que nunca antes me hubiese permitido.
Gran parte de esa pérdida me trajo hasta acá.
Hoy mi vida está mil veces más alineada. No siento grandes desfasajes.
Pero estos nuevos duelos, tan afilados, trágicos e inexplicables, además del dolor, me traen ganas de seguir sacándole el jugo a todo: Quiero reír más fuerte, amar más fuerte, seguir poniéndole todo a este trabajo que tanta satisfacción me da, y no quedarme con pendientes boludos porque una cosa o la otra.
Vivir adormecido y con gusto a poco es una opción, pero la verdad, esa no la quiero para mí.